Hafid se demoró frente al espejo de bronce y estudió su imagen reflejada en el metal bruñido. “Solo los ojos conservan su juventud”, murmuró al darse la vuelta y caminar lentamente por el espacioso piso de mármol. Pasó entre columnas de ónix negro que sostenían el cielorraso bruñido de plata y de oro, y sus anciana piernas lo llevaron mas allá de las mesas esculpidas en madera de ciprés y marfil.
Finalmente el anciano se puso de pie y llamo a Erasmo. –Fiel amigo, ve a la torre y vuelve con el cofre. Por fin hemos encontrado a nuestro vendedor.
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